Historia geomorfológica de la fiteada.

Guaminí es un pueblo cabecera de distrito por su importancia histórica, antes que por su preeminencia económico-demográfica. De hecho no es la ciudad más importante del distrito.

Comenzó siendo un fuerte y luego una comandancia, en la época de la expansión inmobiliaria sur, para incorporar a la patria unos terrenitos apetecibles propiedad de los pampas. La ampliación al sur del Río Salado se llamó pomposamente “campaña al desierto”.
El fuerte se instaló en ese lugar porque era un sitio rodeado por agua (La Laguna del Monte)  y tenía un solo frente por defender. Un lugar estratégico.

Luego, en torno al fuerte, se fundó el pueblo.
Si uno quisiera retroceder muchísimo más, en términos geológicos, hay una falla que originó una depresión lineal en la superficie. A lo largo de la depresión, se formaron  lagunas en rosario (como si fuesen cuentas en un cordel).  Laguna Alsina, Lago Cochicó, Laguna del Monte, Laguna del Venado, Lago Epecuén. Un  sistema de lagunas encadenadas.

Laguna del Monte rodeando el pueblo, protegido por defensas de hormigón. Hubo inundaciones más importantes que dejaron al pueblo transformado en isla, comunicado parcialmente solo por el camino de acceso.

Al ser una cuenca cerrada, una depresión en el medio de una llanura, los arroyos no llegan a ríos que van al mar, sino que llegan a las lagunas, que funcionan como un mar interno.

Si llueve muchísimo, las  lagunas se agrandan (lo contrario de la piel de zapa de Balzac, que con los deseos se hacía más chica). Cuanto  más desea uno no inundarse, más llueve y más crece el espejo de agua, al punto de rodear el pueblo e ingresar en él, o desaparecerlo como Epecuén. Y el agua se va solo como producto de la evaporación. Se depende del mercado: ingresos de capitales lluvia, evasión/evaporación impositiva.

Allí viví desde los siete años hasta los diecisiete. Justo en los años en que los varones en el Occidente de finales del Siglo XX hacían las cosas importantes por primera vez: los sacramentos religiosos si son creyentes, emborracharse, enamorarse, robar -y los más afortunados-, coger.
En el año 87, cuando dejé definitivamente Guaminí, los autos se estacionaban con la llave puesta, las bicicletas no tenían candado -¿Quién robaría una bicicleta en un pueblo de 12 cuadras por quince?… Imposible usarla luego sin ser visto por el dueño o sus amigos en el término de quince minutos-.
Todas las personas se saludaban. También a los extraños que ocasionalmente visitaban el pueblo por turismo de pesca o encuentro con parientes.
Los jóvenes viajaban entre sesenta y doscientos kilómentros para bailar con una chica desconocida o comprarse un jeans a precio razonable.
Los sifones vacíos y el hervidor de leche se dejaban en la vereda con el dinero para que el lechero y el sodero (ambos en carros con caballo) dejaran su mercancía y se cobraran de allí.
En fin. Parece un paraíso pero imagínese la posibilidad que tiene alguien de ser anónimo en algo. No la hay en un pueblo de dos mil habitantes (menos que los habitantes de tres torres de departamento de cualquier ciudad importante).

Esta larga introducción pretendía darle contexto a una pequeña anécdota, pero se está desmadrando.
Quería reflexionar sobre un fenómeno local: la construcción de neologismos.
La idea darwinista de divergencia en la especiación por aislamiento geográfico (como en el caso de Galápagos) podría funcionar como explicación.
En Guaminí se han creado nuevos signos lingüísticos, a raíz de cierto aislamiento geográfico: esa es mi incomprobada hipótesis sudaca y renegada.

Fito Trigo era un gaucho guaminense mentiroso compulsivo. El decía que podía “poner quince litros de kerosene en un bidón de diez…sólo es cuestión de saber acomodar”. Se ofendía si alguien amagaba siquiera a dudar.
Así es que alguien, a quién en mis investigaciones exhaustivas no pude identificar, comenzó a decirle “fiteadas” a las mentiras.

-Pesqué como setenta pejerreyes en el puente de fierro, en una hora y media nomás que estuve-
-Esas son todas fiteadas. En el puente de fierro salen puro dientudos y para sacar setenta pejerreyes, lo menos, tenés que estar un mes-

Un día Fito Trigo murió, como suele sucederle a los gauchos guaminenses. Las nuevas generaciones que no lo conocieron siguieron utilizando la fiteada.

Soy Pepe Mazza, silbando
los cuentos de Fito Trigo
y al contarles yo les digo
con ecos de tamboril
soy la voz del Negro Arballo
y acordes de Pippo Espil.

Fragmento del poema de Gustavo Berreneche

La mayoría de los hablantes nativos ignoraba que era un término local y lo utilizaban con hispano-hablantes no guaminense con ruidos estruendosos en la comunicación que solían atribuir a efectos del empacho o el mal de ojo.

Tal vez hoy, con la globalización, la sequía en la cuenca de las Encadenadas del Oeste y el uso de las TIC, los nativos guaminenses hayan ido abandonando los signos lingüísticos acuñados en la Era Analógica y queden pocos practicantes de la fiteada.
La fiteada, un significante creado gracias a la geomorfología cuaternaria que se modeló encima de de fallas terciarias, a la idiotez genocida del Comandante Estanislao Freyre, que fundó un pueblo inundable, a la mitomanía de un gaucho zoofílico y al ingenio popular, está en riesgo de olvido y extinción.

Por eso hoy declaro a la fiteada, término oficial de Sudakia.
Quiero aclarar que fiteada no es sinónimo de mentira artera, de engaño malintencionado. Se refiere a la estrategia falible de adornar la realidad, de dotarla de belleza y esperanza.

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5 pensamientos en “Historia geomorfológica de la fiteada.

  1. Totalmente de acuerdo. Tal vez también en Les invasions barbares, de Denys Arcand (La segunda pare de La decadencia del Imperio Americano).
    Es un gusto su mirada. (Digo la suya, Comandante 🙂 )
    Busqué y encontré: la versión musical de Balbis del Gran Pez: Vivir relatando historias/coloreando la memoria/la distancia entre los cuentos y los acontecimientos/ni más ni menos que una versión

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