La suerte en Sudakia

ADAPTACIÓN LIBRE DE UN CUENTO POPULAR.

El tipo está acostado y su mujer le sostiene la mano con rostro compungido.

La percibe pero deja los ojos cerrados. La luz le perfora el cerebro. Finalmente se la juega y la mira  para darle un signo de vida y gratitud. Y con un hilo de voz, comienza una serie de sonidos guturales por el costado de la cánula de su boca, que le dificulta la pronunciación.

Ella lo mira con ternura… eso que queda cuando se va la pasión.

El piensa que tampoco el yeso masivo, el olor a desinfectante, la blancura de las paredes y sobre todo, los gemidos de los pacientes de la camas vecinas que deja pasar la tela del biombo, ayudan para otro clima.

Entonces, se arranca la cánula y habla por primera vez después del accidente, a pesar del gesto de cuadro enfermera  que le pone su amada esposa.

María…No, dejame que lo diga aunque me muera.

No sé como agradecerte todos estos años a mi lado. Espalda con espada en la adversidad y la pasión en las noches aciagas.

María… vos que me hiciste entrar en la obra. Yo no conseguía trabajo y moviste tus influencias. Y el capataz… bueno… está bien que él no tuvo la culpa de la soga.

Aprovecho también para decirte, ahora que me acuerdo… cuando la soga se cortó y caí del octavo piso…

Como ahora… estuviste a mi lado. Y los ocho meses de rehabilitación. Incondicional, estoica. Alimentándome con la cuchara de plata en la boca. Esa que se calienta mucho y quema.

Y luego con lo del auto. Justo me estabas contando un hermoso cuento y … las lágrimas de la emoción … y el impacto.
Veía desde el aire tu cara y solo me detuvo la veleta del techo de la jaula del puma. Y no pudiste salir del auto hasta diez minutos después, herida por el impacto frontal del Chevy, a avisar que la fiera estaba sobre mí. Y me cuidaste como ahora, con amor, ternura y devoción, igual que ahora.

Lo último fue el ascensor. Me llamaste y nuevamente la caída… como el andamio, como mis pesadillas infantiles.

Se produce un silencio. Se mira los pies y donde debieran estar, solo ve las sábanas pegadas al colchón. -¡Para qué quiero las piernas si puedo contemplar tu rostro todavía infantil y risueño!…-

Ché… eso. ¿De qué te reís?… ¡María y la reputísima!… ¡¡¿No serás yeta?!!…


Epílogo: El tipo de mi cuento es un perdedor. Allí ha vuelto con casco.

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