Intrusos

–¿Te acuerdas del carpintero que nos hizo el banquito y la repisa grande?

–Sí, un desastre –dijo Jalifah–. ¿Y a quién embarazó ese imbécil?

–A nadie… O sí: es su mujer, dice. Aunque dice que no fue él.

(…)

–Y otra cosa –prosiguió con tono definitivo–. Mañana mismo hay que ponerle una traba al portón del pesebre. Esto no puede volver a suceder.

Juan Sasturain. Página 12. El arte de ultimar 23 de diciembre de 2014

(Completo)

Intrusos

El menor de los seis hijos de Ahmed entró corriendo, como solía, a la cocina de paredes de piedra y, tras derribar el báculo de su padre apoyado junto a la puerta y provocar el ladrido de los perros echados junto al fuego, dijo con la cara radiante:

–¡Hay una pareja en el pesebre!

Jalifah, su madre, dejó de revolver el guiso de cordero recalentado del mediodía con la cuchara de madera y lo reconvino sin siquiera volverse:

–Te tengo dicho, Tobías, que no espíes a las parejas… Y no grites, y cierra la puerta que vamos a cenar.

Afuera se diluía la luz invernal, oscurecía con rapidez. El chico empujó sobre el piso de tierra la pesada madera con ruido de goznes hasta ponerla en su lugar.

–Pero es que no están…

–¡Basta ya! –dijo por lo bajo Jalifah a su hijo y a los perros alborotados que no paraban de gruñir. Esperó un instante y señaló con el pulgar la otra habitación de la casa–. Tu padre volvió muy cansado, Tobías, no lo alteres con cuentos…

–Pero no es que… –el chico no supo cómo explicar, en este caso no era como habitualmente sucedía–. Se acomodaron para quedarse.

La mujer se apartó de la olla.

–¿Qué quieres decir?

–Están instalados en el pesebre, madre: no vinieron a… –y el chico hizo el gesto universal.

La madre levantó la mano libre y le cruzó la cara de un sopapo.

–¿Quién te enseñó a hacer eso?

Hubo risas a sus espaldas y Jalifah se volvió hacia el rincón donde las hermanas de Tobías cuchicheaban.

–Yo no fui –dijo Anna, la mayor, que trenzaba palmas.

–Yo tampoco –dijo Sufih, que bordaba una estera.

–Cállense ustedes, desvergonzadas… –las retó su madre, y se volvió–. Y tú, la próxima vez que…

Tobías se tocó la mejilla, contuvo el llanto y se dirigió a la otra habitación.

–¡No molestes a tu padre! –dijo Jalifah amenazante pero sin levantar la voz.

Su hijo no le hizo caso.

Apenas un rato después, el viejo Ahmed salió del cuarto poniéndose el gastado abrigo de piel de oveja sobre la camisa. Apoyó el pie derecho sobre el banquito pequeño y se ajustó las tiras de la sandalia.

–Enseguida vuelvo –dijo por toda explicación. Recogió el pesado báculo y salió seguido de Tobías. Los perros fueron silenciosamente detrás.

Las mujeres quedaron mirándose entre sí. De pronto, Sufih, la más vivaz de las hijas, fue hasta la estrecha ventana y los observó alejarse colina abajo.

–Hay luna llena –dijo admirada–. Se ve como de día.

Su hermana se acercó y miró sobre su hombro:

–No. Es esa estrella, la nueva, que brilla todo el tiempo –y señaló hacia lo alto–. ¿Podemos ir nosotras también, madre?

Jalifah meneó la cabeza sin dejar de revolver.

–Vengan acá, basta de salir con cualquier motivo. Terminen lo que estaban haciendo. Hace una semana que están con esas labores.

Las adolescentes volvieron al rincón, murmurando:

–Total, nosotras ya los vimos…

–¿Cómo? ¿Cuándo los vieron?

–Hoy, cuando fuimos a la fuente –dijo Anna–. Llegaron temprano, muy cargados de cosas. Ella en ancas del burro, él a pie.

–¿Y por qué no avisaron?

Sufih se encogió de hombros:

–Nos dieron pena –hizo una pausa–. Ella está a punto de…

Jalifah no la dejó terminar, meneó la cabeza:

–¿Y se están escapando?

Ellas asintieron.

–Parece que sí. Nos pidieron que no dijéramos nada –dijo Sufih.

La madre soltó la cuchara, se apartó de la olla y se secó las manos con un trapo:

–Mocosas estúpidas… –y hablaba de la del pesebre, y de las suyas también–. No aprenden nunca…

–¿Qué va a hacer, madre? –dijo Anna.

–Voy a ir a ver –dijo Jalifah echándose el manto oscuro sobre la cabeza–. Tu padre no es demasiado confiable en estos casos. Cuiden el fuego y no le abran a nadie.

Jalifah bajó a largos pasos la colina por el sendero pedregoso hasta llegar al pie. El pesebre estaba al borde del camino; era una construcción elemental de piedra con techo sostenido por vigas de madera, con un entrepiso para el forraje y espacio abajo para los animales. Solía haber problemas con los intrusos, y las parejas del pueblo solían utilizarlo para sus escapadas clandestinas. Estaba harta de lidiar con estas cuestiones.

La luz vacilante de una antorcha salió a esperarla Ahmed, que la interceptó en el portal.

–¿Sabes quiénes son?

Ella agitó la cabeza.

–¿Te acuerdas del carpintero que nos hizo el banquito y la repisa grande?

–Sí, un desastre –dijo Jalifah–. ¿Y a quién embarazó ese imbécil?

–A nadie… O sí: es su mujer, dice. Aunque dice que no fue él.

Ella sacudió la cabeza con incredulidad:

–No entiendo. ¿Y por qué no están en su casa como Yahvé manda?

–Es una historia rara… –y Ahmed señaló la desmesurada estrella que brillaba sobre sus cabezas–. Todo es muy raro.

–¿Hablaste con ella?

El agitó la cabeza.

–Voy a hablar yo entonces.

Jalifah se quitó el manto de la cabeza y entró al pesebre. Inmediatamente salió el taciturno carpintero. La mujer estuvo un rato largo adentro y cuando volvió a aparecer se dirigió a él con un gesto de cabeza:

–Vaya, acompáñela. No la deje sola. Ella le dirá cuando llegue el momento; y ahí me avisa.

El carpintero asintió y volvió a entrar tan perplejo como había salido. Jalifah suspiró con desaliento y se volvió hacia su marido:

–Es casi una niña, Ahmed… Podría ser Sufih. Y ni siquiera sabe lo que le pasó. Pero está tranquila. Yo creo que es cuestión de horas.

Fueron desandando el camino iluminado de plata hacia la casa. Jalifah llevaba a Tobías de la mano y los perros iban y venían.

–Ella dice que es varón pero yo creo que no: por el tipo de panza, chata, es una niña.

Ahmed asintió; su mujer sabía de esas cosas. Nunca se había equivocado con los suyos.

–Y otra cosa –prosiguió con tono definitivo–. Mañana mismo hay que ponerle una traba al portón del pesebre. Esto no puede volver a suceder; tiene que quedar cerrado. ¿Me oíste? Nunca más.

–Sí, querida –dijo él. Y después de un momento, como para cambiar de tema–: ¡Que hermosa noche!

–Apurémonos que se enfría el cordero –dijo ella.

Y ni siquiera miró para arriba.

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