Sirenas

Los dos nenes juegan con lombrices. Se mojan las manos y las meten al fondo de la tierra, en la base de la parra de uvas. Las lombrices no ven, los racimos se sacuden y se estrellan contra el piso tiñendo las baldosas.

A uno de los nenes le da asco ese bicho gomoso, pero juega igual hasta que las arañas captan su atención completamente. Los dos salen a la vereda y se sientan en el umbral. Uno, con tres lombrices en su manito. El otro, con una araña en la punta de un palito. Pasan la tarde inventando historias, haciendo pelear a los bichitos que tiene cada uno.

Se escucha una sirena, dos sirenas, miran en dirección de la avenida y ven a dos autos alocados que corren hacia ellos. Los nenes se asustan, son las tres de la tarde de enero, todos duermen y el colectivo 30 no pasa tan seguido. Los dos se paran como para escapar. El sonido de las sirenas aumenta y asusta. Los dos autos pasan de largo y el ruido también se aleja. Cinco, diez minutos, y el susto amaina. Los dos vuelven a sus bichitos, una de las lombrices muere y la tarde se termina. Pasan cuarenta años. Aquellos dos nenes están sentados en otra vereda tomando un café. Hablan de cuestiones terrenales. Profesión, colegas, dinero, proyectos, familia, profesión, trabajo, viajes futuros, chicanas, trampas, gente de porquería, desconfianza y de nuevo, proyectos. Para un vehículo blanco enfrente, pero ninguno le da importancia. La ambulancia abre sus puertas, y el tránsito continúa. De repente, uno de los dos mira hacia el costado y ve a dos señores transportando una camilla. Debajo de una manta oscura se adivina un cuerpo. Lo introducen en la camioneta. “Pensá que ese amaneció vivo esta mañana”. Los dos se quedaron mudos, notando que ningún familiar había bajado de ese edificio a acompañar. La camioneta arrancó, puso el guiño y giró en la esquina. ¿Estaría el chofer escuchando el partido en la cabina? Fueron treinta segundos de silencio en la mesa de café. De pronto, uno de ellos habló y la conversación siguió su rumbo. Profesión, trabajo, colegas, políticas, familia, trabajo, superficialidades, pavadas, conflictos, y todo vuelve a empezar.


 

Nada cambia de  Jorge Tannure Repiso

27 de mayo de 2014

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