Agarrá el pincel

Camino a Sudakia me topé con  la película de animación El cuadro (Le tableau 2011, 1h:20) del director  Jean-François Laguionie, con guión de él y de Anik Leray.

No pude evitar la comparación con Blade Runer de Ridley Scott, basada en el libro “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” de Philip K. Dick.

Aquí no hay androides que se revelen contra su dios creador, la Tyrell Corporation, sino que algunos personajes pintados quieren ubicar e increpar a su creador (el pintor) por una serie de injusticias que viven.

Los personajes están divididos en tres clases:  Los Toupins (“todopintados” o completamente dibujados), que se consideran superiores y con derecho a controlar el castillo y al resto de los habitantes del cuadro; los Pafinis (“no-terminados”), que tienen prohibida la entrada en el palacio; y los Reufs (bocetos), parias de esta sociedad.

Hay una historia de amor prohibida entre un Toupin (Ramo) y una Pafini (Claire). La rebelión es contra el orden establecido, la estratificación, asimetría, injusticia.

Claire es atrapada y encarcelada. Ramo se asocia con Lola (Pafini) y un garabato y tras la persecución se adentran en la zona prohibida.

Salen en el atalier del pintor y descubren otros cuadros, en donde se suma un soldado pintado, hastiado de la guerra. Uno de los cuadros es un autorretrato del pintor.

Lola es inquieta. Ella motoriza al grupo. Es la que se pregunta por las cosas.

Accidentalmente alguien queda manchado con óleo. Si se pueden manchar… se pueden terminar.

El autorretrato del pintor descubre que también sabe pintar y les enseña.

Los personajes regresan al cuadro cargados de colores y con un pincel. Los Pafinis entonces comienzan una orgía de color y logran convertirse en Toupins, junto con los bocetos, mientras Remo es atrapado y condenado a ser ejecutado junto a su amada Claire por intentar subvertir el orden y eliminar las diferencias. Pero los ex-Pafinis irrumpen y la igualdad se instala en el cuadro.

Parece que todo  terminó.
Sin embargo vemos a Lola, que sigue inacabada, corriendo hacia afuera del cuadro. Sale al atalier  y luego al mundo real, donde encuentra al pintor pintando un paisaje.
Se inicia el siguiente diálogo.

Lola: La gente pensaba que los había abandonado.
Pintor: ¿Abandonado?…
¿Qué es está historia? Yo no los he abandonado.
Les di lo esencial. Un diseño simple puede ser más hermoso que una pintura elaborada.
Bueno, entonces se han terminado ellos mismos. Bien, todo perfecto entonces.
Está muy bien.
¿Pero tú?…
Tú no eres como los demás. ¿Qué viniste a hacer aquí?…
Lola: ¿Pinta todos los días?…
Pintor: Sí, pero sólo paisajes.Es menos agotador.
¿Qué me dices?… [ interroga el pintor pidiendo opinión sobre su cuadro]
Lola: Lo veo bien. Las nubes parece que bailan.
¿Puedo dar un paseo en su jardín?…
Pintor: Puedes ir donde quieras. No hay ninguna barrera. Puedes incluso ir hasta el mar. Está por allí al otro lado de las dunas.
¡Eeh! No me has respondido.
¿Qué es lo que quieres?
Lola: ¡Oh, nada! Sólo quería conocerte, eso es todo.
Y ahora…
Pintor: ¿Y ahora qué?
Lola: ¡Quiero saber quien te ha pintado!

Lola, dibujo sin terminar,  corre por un prado real. La cámara se aleja y comenzamos a ver la escena con bordes de marco de cuadro. Y luego los créditos.

Te cagué. Te conté todo. Hasta el diálogo del final. Te maté la sorpresa.

En Sudakia también existe  la clase de los bobos sin terminar, que cuentan el final de las películas.

No me pareció muy original la pregunta de Lola. Si dios creó todo, entonces, quién creó a dios. Desde que la humanidad inventó la religión, inventó la pregunta por el origen de dios.

Lo que me parece substancial de esta película es que desestima las soluciones con un agente externo  al cuadro. No hay salvadores, mesías con superpoderes. Somos seres imperfectos,  inacabados. Hay injusticias y  para repararlas  nos tenemos a nosotros mismos.  ¿Vamos a Sudakia?… Agarrá el pincel.

PD: si a pesar de saberte hasta el diálogo del final te da ganas de descargarla, fijate acá

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5 pensamientos en “Agarrá el pincel

  1. Agarro el pincel y déle pintarme como quiero, y déle emparchar pedacitos oscuros, y déle compartir el pincel para darle al mundo unos toquecitos donde se pueda, a ver si hacemos lindo el mural interminable.

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