Arroyo a Sudakia

De chicos en Guaminí íbamos con los amigos al arroyo.
En una llanura, cualquier accidente geográfico es una aventura. El montículo de arena en una obra en construcción, el Everest. Un hilo de agua, el Nilo, y un sendero en la planicie de inundación del Mayo Leufú, una picada en la selva del Mato Grosso.
Nuestro sitio estaba a ocho kilómetros del pueblo, que a pié, era un largo trecho.
Debíamos cruzar tres puentes antes de llegar. Desde uno de ellos se veían los dibujos del arroyo: meandros pronunciados que anunciaban su propia llegada a destino, la laguna del Monte. Los meandros resultaban excelentes trampas para patos y gallaretas.

Nos separábamos en dos grupos munidos  de una piedra en cada mano. Unos abordaríamos el arroyo en una dirección y otros enfrentados, pero a distancia prudencial. Iríamos arriando el bicherío acuático hasta encerrarlos.

En el encuentro el desconcierto general estaba embebido de adrenalina y tiros de piedra. La mayoría de los patos lograba volar, pero las gallaretas necesitan correr una larga distancia por la superficie del agua batiendo las alas para  alcanzar la velocidad adecuada de despegue. Sobre ellas se concentraban los proyectiles.

Estas son gallaretas andinas, ligeramente diferentes de las que hablo, pero su estrategia para despegar es la misma. Foto: © Juan Pedro Paz-Soldán tomada del sitio Aves de Lima

Un revuelo de gritos y puteadas, batir de alas y risas.
Alguien se tira al agua. Luego todos a recoger el almuerzo que derivaba arrastrado por la corriente mansa.

Cansados de la caminata, la cacería, el chapuzón, posábamos desnudos al sol para secarnos.

Alguien iniciaba el fuego, mientras otro cuereaba  y limpiaba las gallaretas.

Las cabezas de cardo ruso y la bosta seca de caballo servían para arrancar las primera llamas.
Las raíces de tamarisco son buenas para la combustión y se obtienen fácil por estar descubiertas en las barrancas erosionadas por el agua.

Otros se ocupaban de improvisar una parrilla con algún alambre, mientras alguien  buscaba agua del manantial que teníamos ubicado a la izquierda del camino de tierra que atraviesa el arroyo.

El las mochilas había sal, fósforos, cuchillo, pan, alguna fruta y las líneas de pesca.  Nadie usaba caña de fibra de vidrio o de carbono. Teníamos la tanza enrollada en latas de conserva de durazno. O podíamos usar una vara de sauce, o ramas de tamarisco.

Varias veces pasábamos el fin de semana entero.  Para esas ocasiones llevábamos la  carpa.

Pono juntaba algas y las ponía en al piso. Luego armábamos arriba de eso que funcionaba como colchón mullido.

Una vez descubrimos que muchas luciérnagas dentro de un frasco vacío de mayonesa alumbran bastante. Y que la luciérnaga reventada deja una fosforecencia en los dedos y en la cara. Maquillados con luciérnaga por un rato, nos veíamos sin espejo en las caras de los demás.

Ninguno había cogido.
Nuestra Sudakia quedaba en otra parte, un lugar lleno de pique de pejerrey y mujeres húmedas  sin bombacha. Visto desde acá,  ya estábamos en Sudakia. Pero no lo sabíamos.

En algún momento del día, dejábamos las líneas atadas a un árbol y hacíamos la excursión hasta la cascada, rogando por el enganche de bagres.

Primero el sendero bordeando el arroyo y cerca de lo de Sili, por el camino de los perales, y luego otro trecho por el agua. Finalmente la cascada. Nuestro Niágara, nuestro salto encantado de Iguazú.

De espaldas, soportando la presión con los hombros, uno podía abrirse el short y el agua hacía un fuerte masaje genital.

Otra posibilidad era atravesar la cortina de agua y asomar la cabeza del otro lado y gritar en la cápsula de aire. El ruido generaba un efecto sordina.

Olorosos de humo y manos de pescado, con los músculos cansados,  las uñas negras, los pelos ensogados y deseosos de comer cosas dulces, volvíamos al pueblo.

Cuando era adolescente le  robé a La Nena Darroqui (prima de mi abuela Clara) esta foto. No tengo ni idea quiénes son. Atrás dice: Arroyo 1928. Es el Mayo Leufú, nuestro arroyo.  La Nena está muerta y no tengo manera de averiguar identidades y circunstancias. (Si pincha se ve más grande)

arroyo editada

¿Cual sería la Sudakia de esos que ahora te miran desde 1928?

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7 pensamientos en “Arroyo a Sudakia

  1. Muy hermoso, Renegau. Distintas, en apariencias, eran mis intentonas de llegar a Sudakia desde mi barrio, el pleno Centro, Plaza Lavalle, trepándome por la reja que circundaba al viejo ascensor de casa y acostándome boca arriba sobre el techo, mientras mi amada amiguita Lely, la hija del portero, manejaba los botones y apretaba el del quinto piso, el último, para ver como se iba acercando en techo y quedar con el pecho casi tocándolo, unos centímetros más y terminábamos aplastados. Digo terminábamos porque una vez de regreso a la planta baja cambiábamos los puestos. Lely trepaba al techo del ascensor y yo me encargaba de apretar el botón del quinto piso. Siempre hacia Sudakia, Renegau!

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    • Más bien lo segundo.
      Hace unas semanas mis amigos fueron con sus hijos a Córdoba. Pararon en Nono. Una tarde fueron al río a Cura Brochero. De repente vino un cardumen de niños en el horario de la salida de la escuela. Ellos trataban de identificar a sus padres, a algún adulto responsable. Con horror comprobaron que estaban solos.
      Al rato se fueron, y el río quedó para la familia de mis amigos.
      Nada malo había ocurrido.
      ¿Cuál es la vida que llevamos en la ciudad. Cómo eso puede ser normal?…
      Buen año para todos. Gran abrazo

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